En mis manos tu cuerpo blanco más allá de todos los vestidos, en ese momento después del adiós y antes del futuro que imaginamos y planeamos con más detalle que cualquier otro. Luego del escape y del ayer, de saber que esa cama ancha que nos espera y nos llama es la antesala a no volver a despedirte con un beso en la puerta de tu casa.
Flores y más flores. La ropa - aún caliente - apilada de cualquier modo en una silla en un rincón. En la penumbra, solo dos siluetas recorriéndose una a otra, mezclándose y fundiéndose en las sombras. Las sábanas en el piso - obviamente -. Y solo el ruido de nuestras bocas alocadas persiguiéndose infinitamente, y el zumbido de las aspas del ventilador.
Otro día más de sol, de largas caminatas por la orilla al atardecer. ¡Déjame comer, mujer, que tengo hambre! Tengo que recuperar fuerzas. Ah, ahí sí, ¿no? Solo porque te conviene. A tí y a ese cuerpo de uva italia que quiero hacer vino entre mis manos, hasta el fin.
Fotos por doquier. ¡Mira eso! ¡Qué bárbaro! Tu mano en la mía, tirando de mí, haciéndome correr tras de tí como si contigo se escapara el último bastión de mi alegría. Lo que no es cierto, en serio, pero mucho se le acerca. Una postal de días felices y una puesta de sol eterna, indeleble, en nuestras espaldas y en nuestras memorias.
Las llaves en la mano y las maletas en la otra. Y tú a mi lado. Hogar, dulce hogar, ahora, y espero por muchos, muchos años más. No suena mal, ¿eh? Sí, yo también lo creo.
Aquí empieza una nueva vida.
16.02.2009
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